El pueblo de Mari José, mi esposa y compañera de viaje en los últimos treinta y dos años.
Y ya también el mío. Ahora tengo dos pueblos. Malón y San Martín; y dos ciudades, Vitoria y Zaragoza. Y no reniego de ningun@ de ell@s. Los cuatro me han dado y aportado grandes vivencias, y a los cuatro he dado parte de mi. Y espero seguir disfrutando y aportando lo que buenamente pueda.
Pero esta página está dedicada a San Martín y de él quería hablaros. La mejor forma es incluir un relato que escribí hace ya unos doce años y que ganó el I Concurso de Relatos de SM de la VM.
Además este año la peña Los Barbis, pregonera de las fiestas patronales, hizo un homenaje a ese ser que es el protagonista de mi historia. Así que lo disfrutéis.
TESTIGO FIEL
Algunos, los más
pequeños, ni siquiera me conocisteis. Otros, aunque sí lo hicisteis, ya no os
acordáis de mi. ¡Qué ingrato es el paso del tiempo! Al final todos te olvidan.
Por eso he aprovechado la ocasión que me brinda este concurso literario para
asomarme de nuevo a vosotros y recordar las muchas vivencias que tengo con éste
que fue mi pueblo. Así, los que me conocisteis reviviréis algún que otro
momento; y los que no, conoceréis de mi boca algunos de los momentos de la vida
de nuestro San Martín de la Virgen del Moncayo.
En primer lugar deciros que mi casa estaba
en medio del pueblo, en “El Juego de Pelota”, y que
allí viví desde que nací (algunos dicen que fue hace más de doscientos años),
hasta mi triste muerte allá por mediados de los años ochenta. Aún después de
muerto me tuvisteis allí varios años más, como si os resistieseis a separaros
de mí. Eso demostró que me queríais.
Me sentí querido, la verdad. Me alojasteis
en lugar privilegiado. Poco a poco fui creciendo y en pocos años me hice grande
y fuerte, capaz de dar cobijo y sombra, tanto a niños, como a mayores. Me
acuerdo fundamentalmente de las voces de los chicos al salir al recreo. . ¡Era
tan bonito oír esos gritos de juegos y correteos! Más de uno se escondía detrás
de mí jugando al “esconderite” y yo nunca me chivé, siempre fui respetuoso con
todos. Ya sé que alguno que otro me dio algún pequeño maltrato (patadas,
incisiones, ramas rotas,...) pero ya lo eché en el olvido y no les guardo
rencor, aunque me gustaría que nadie lo volviera a hacer con ninguno de mis
hermanos.
Ya de más mayor, como tenía la grandeza y
la fuerza que dan los años, hicisteis el
quiosco a mi alrededor y fui testigo de los conciertos de “La Moncaína” de la
que me sentía como un hermano. Me encantaba oírles tocar. Ya sé que hubo
momentos difíciles en los que la banda estuvo a punto de desaparecer y que
gracias al esfuerzo de unos y al acierto de otros se superó aquel trance y
ahora estáis un grupo majo. ¡Hacedme caso! Luchad para que esa banda se mantenga
cada día más fuerte. Y los que habéis pertenecido a ella y os gusta la música, ¿qué hacéis que no
volvéis ya?
Guardo especial recuerdo de las fiestas de
septiembre. Siempre estaba entretenido con la música allí mismo. Claro que no
tenía pareja y me tenía que conformar con veros y ser testigo privilegiado de
los primeros escarceos amorosos de muchos de vosotros y vosotras. Más de alguno
os distéis el primer beso escondidos detrás de mí y yo tampoco lo cacareé.
Y también os veía llenar el vaso del tonel
que allí se ponía. ¡No pasa nada! Eran fiestas y ya sé que algunos de vosotros
me hacían demasiadas visitas. A quienes no les perdono son a esa cuadrilla de
desalmados, por no decir otra palabra más fuerte, que en más de una ocasión
aprovechaban para aliviarse, por arriba o por abajo, justo en mi tronco,
después de haberse puesto hasta las narices de vino. No había derecho. Ya me
entendéis ¿no? ¿Qué les había hecho yo a ellos?
Una época dura para mí, pero bonita a la
vez, era el invierno. Cuando más frío hacía, yo me quedaba desnudo, allí a la
entrada de la plaza. Menos mal que mi piel era fuerte y resistente, y la
belleza de las frecuentes nevadas hacía más llevadero el frío y la soledad que
tenía que soportar. Recuerdo momentos especiales, como a los más pequeños
cantando villancicos de casa en casa pidiendo el aguinaldo por Navidad, o esos
días cercanos a San Antón cuando se mataba el tocino. Se me hacía largo el
invierno, para que lo voy a negar.
Pero por suerte llegaba la primavera, me
poblaba de nuevo de hojas y servía de refugio
a numerosos pájaros. Más de uno hubiera hecho su nido en mis ramas, a no
ser por esos traviesos zagales que en un principio les lanzaban piedras y más
recientemente se parapetaban en mi tronco y con esas carabinas de aire comprimido
les lanzaban perdigonadas, sin darse cuenta de que mis hojas y mis ramas salían
también malparadas. Debe de ser que soy demasiado bueno, pero ya los he
perdonado. Para La Cruz desde aquí veía
el mayo coronando nuestro pueblo. Me ganaba en altura, es cierto, pero no en
elegancia.
¡Ah, el verano! Los días largos, el calor y
ese momento mágico: “la fresca”. Allí salíais a charlar, a jugar, a festejar y
a tener un momento de unión y amistad. ¿Es cierto que todavía seguís saliendo a
la fresca a la plaza? Me alegro mucho. Y en verano se abría la tómbola de la Jesusa. ¡Qué bien! Los peques a por chuches y los jóvenes a bailar con aquel
tocadiscos que ahora sería una reliquia y aquellos discos de Mirinda. Tampoco
me olvido de aquellos sudorosos días de la siega, el acarreo y la trilla. Se
oían bonitas jotas provenientes de las eras.
Justo después de las fiestas llegaba el
otoño y con el la tristeza y la melancolía. Los días se iban acortando y yo me
iba desnudando poco a poco. Menos mal que pronto llegaba San Martín y veía la
aurora, la diana y luego la procesión donde os poníais todos vuestras mejores
galas. ¡Mira que sois pinchicos los de San Martín!
Al tener tantos años, he visto y vivido
muchos acontecimientos en el pueblo. He visto llegar la luz (electricidad), el
primer coche, el agua corriente a las casas, la radio, la tele, ... Yo vi
llegar al tío ”Zarollas”, perdón Don Salvador, de Filipinas cargado de riquezas
y convertirse en el “señorito” del pueblo. He vivido varias guerras, de lejos
afortunadamente, ya que ninguna llegó directamente aquí. La que más recuerdo es
la guerra fraticida del 36, que gracias a la cordura de nuestras gentes no tuvo
la repercusión tan angustiosa y negativa que tuvo en pueblos de nuestra
comarca. Como veis hubo de todo, aunque yo me quedo con los recuerdos gratos.
Pero desgraciadamente, y digo eso porque no
me morí de viejo (¿quién sabe cuantos años más hubiera durado?), llegó un hongo
maldito (grafiosis dicen que le llaman), me contagió, comencé a secarme poco a
poco y ahí me quedé gordo y rechoncho, pero ya sin hojas, para siempre. Ya sé
que fue traumática mi desaparición, pero no os preocupéis que la plaza ha
quedado muy chula después de la remodelación y como veis me acuerdo de vosotros
y de mi pueblo. Espero que vosotros os sigáis acordando de mí aunque sólo sea
recordándole a alguien ese dicho que sé que seguís diciendo: “Estas más gordo
que el tronco el olmo”.
Ya me despido, no sin antes desearos lo
mejor a todos y esperando que el pueblo siga prosperando, para lo cual todos
debéis arrimar el hombro, que las cosas no se hacen solas.
Vuestro amigo y testigo fiel
EL OLMO DE LA PLAZA




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