lunes, 23 de noviembre de 2015

Ayer 22 de noviembre se celebró Santa Cecilia, la patrona de la música y de los músicos. Como aportación a esa celebración quiero incluir en mi blog una poesía que escribí hace unos años.

Amiga música  

Antes de que yo naciera
ya fuiste mi compañera.
Alegraste mi oscura espera
en las entrañas maternas.
Desde el vientre de mi madre
te sentía y te gozaba,
esperando conocerte
con ansiedad e ilusión.

De pequeñín fue mi madre
quien con su voz aportó
esas canciones de cuna
que me dieron el relajo,
la paz y satisfacción
para tener dulces sueños
y olvidar a los fantasmas
del miedo y del temor.

Contigo aprendí a hablar
y al crecer me divertí
jugando al corro y la comba.
Los domingos en la plaza,
con el baile de la banda,
animaste nuestra infancia
entre saltos y carreras,
aún sin yo darme cuenta.

Mas tarde llegó la radio
y con él muchas canciones.
Algunas aún las recuerdo
y las llevo en mi memoria.
Son pasodobles o valses,
cumbias, tangos, chachachás,
rumbas o tangos de Cádiz.
La España del “soy minero”. 

Y llegó la adolescencia
y ya sólo fuiste rock.
Brincos, Bravos, Pekenikes,
Los Beattles y Los Stones.
Son años de tocadiscos
sinfonoras y guateques.
¡Que ilusión el primer beso,
melodía inolvidable!

Pero eran tiempos duros
de injusticia y opresión.
Te hiciste canción protesta
y al pueblo diste la voz.
Surgieron grandes cantantes
Labordeta, Paco Ibáñez.
La Bullonera, Serrat, ...
¡Qué emoción en sus conciertos!

Tenías otra gran hermana,
de pequeño me la hurtaron.
La conocí de mayor.
¿Por qué no escuché antes
a Mozart, Bramhs, Vivaldi.
Beethoven o Strauss?
¡Que te lleven a la escuela,
que se te oiga mejor!

Y llegó la madurez
y eres de todo un poco:
amor, alegría,
compañía, pasión, ...
Siempre que te busco,
allí que te encuentro;
estás aparente
en cada ocasión.
  
No me olvido de la jota,
¡cuánto me ha hecho vibrar!
cantándola con amigos,
en familia o en el bar.
Mis amigos ya lo saben
que no tengo buena voz,
pero saben perdonarme
si me pongo cabezón.

Ya lo ves amiga música,
siempre te he sido muy fiel.
No me resisto sólo a oírte,
quiero conocerte más.
Perdona mi atrevimiento
si en algún momento
te hiero u ofendo.
¡El amor es muy osado!


FIN

miércoles, 10 de junio de 2015

Salida a Vadiello

Los "andarines" de los centros Rey Fernando y Río Ebro hemos realizado una salida muy bonita a Vadiello, en la Sierra y Cañones de Guara, de la que he sido partícipe. Ha sido mi primer acercamiento a este espacio protegido de nuestra comunidad y la verdad que ha merecido la pena.
Comenzamos la jornada ayer jueves a las ocho la mañana en la calle Pablo Picasso donde nos vino a recoger el autobús para dirigirnos hacia nuestro destino. Pasado Huesca, seguimos dirección a Barbastro. A los ocho kms, tomamos el desvío a Loporzano y pasado el pueblo nos adentramos en un paisaje espectacular que nos llevaría, siguiendo una carretera sinuosa y estrecha, hasta el embalse de Vadiello. A nuestra derecha al fondo del valle y formando estrechos cañones el río Guatizalema.
A las 9:40 llegamos al aparcamiento, donde termina la carretera que supuestamente debería haber llegado hasta Nocito, pero que se quedó en el embalse de Vadiello.
Charla entre Jaime y Marisol para ponerse de acuerdo en la ruta, plan, horario... y a andar. Cogemos el primer túnel que nos llevaría a la presa, foto de grupo en el mirador, y antes de cruzarla a almorzar para coger fuerzas.

Iniciamos la marcha con ánimo y dispuestos a disfrutar de cada rincón. El grupo se va estirando, algunos nos rezagamos admirando el paisaje que conforme va ganando en altura es más bonita. Las vista del embalse con los mallos al fondo es impresionante. Aprovechamos para tirar algunas fotos. Los famosos mallos de Lazas: El Puro, La Mitra y el Pico San Jorge.


Al cabo de media hora desde la presa llegamos al esconjuradero allí se produce un reagrupamiento para decidir las posibles rutas en función de las fuerzas de cada uno. El lugar es una construcción típica pirenaica, cuya misión era hacer esconjuros o conjuros para ahuyentar las tormentas y las malas cosechas. Esta muy bien conservada y al ser abierta a cuatro vertientes también puede servir de refugio en días de tormenta.


El grupo se partió en dos a partir de este momento. La mitad haríamos la vuelta grande y la otra mitad bajaría por la senda hasta la ermita de Fuen Santa, donde nos reagruparíamos. Allí hay bancos para descansar y un manantial donde reponer agua fresca y poder refrescar el cuerpo.
Miguel Ángel, gran conocedor de la zona y experto montañero se quedó en el grupo que iría por el sendero para guiarles. El grupo que seguimos ascendiendo se partió y cuatro compañeros tomaron la delantera cogiendo el camino equivocado. Tuvimos un momento de incertidumbre hasta que Jaime los localizó por teléfono y después de unos minutos de espera se produjo el reagrupamiento.
Seguimos ascendiendo un poco más y pronto iniciamos un suave descenso hasta llegar al lugar donde indicaba la subida hasta el "Huevo de San Cosme". El sendero ascendía serpenteante entre bojs, carrascas, romeros y enebros. Fue la parte mas exigente del recorrido, pero también la más agradecida por la recompensa obtenida. Los que conocían el lugar, Julián entre ellos, nos indicaron el camino y el acceso a una atalaya desde donde pudimos deleitarnos con la belleza de esa formación rocosa conocida como el Huevo de San Cosme. Mereció la pena llegar hasta allí. Aprovechamos para beber agua y sobre todo para sacar  numerosas fotos.  Algunos que siguieron el sendero pudieron avistar alguna cabra salvaje.


 A medio camino, tanto a la ida, como a la vuelta,  también paramos para admirar el "bosque encantando", un bosque de carrascas que forma figuras caprichosas y divertidas.
Una vez retornados al camino principal, seguimos descenciendo y pronto llegamos a la zona de las ermitas, muchas de ellas semiderruidas y con un aspecto de abandono.





 Enseguida llegamos hasta la fuente (ermita Fuen Santa) donde estaban el resto del grupo, Alli disfrutamos de un buen trago de agua fresca, metimos las pies en el agua y algunos hicimos unas abluciones por cara y torso.


Después de un pequeño descanso, seguimos la pista que nos llevaría hasta las famosas ermitas de San Cosme y San Damián, que están ubicadas en un lugar privilegiado al abrigo de la pared de roca. Las han rehabilitado y son de propiedad privada, por lo que no pudimos visitarlas.


Dejamos la pista y ascendimos por un sendero sinuoso que nos llevó de nuevo al esconjuradero. Ya llevábamos más de tres horas de marcha y se agradecía la sombra del bosque durante el ascenso.  Antes tuvimos ocasión de tomar alguna foto desde un mirador situado enfrente de las famosas ermitas de San Cosme y San Damián. 

Una vez en el esconjuradero tomamos la pista de descenso que nos llevo de nuevo al embalse. Algunos cruzamos el túnel hasta que se acaba la carretera y pudimos disfrutar de la belleza de los mallos con todo su esplendor.


Al poco rato  nos reagrupamos en la zona del aparcamiento y llego uno de los momentos mas importantes del día: la comida. Había que reponer fuerzas después de cuatro horas de recorrido. Buscamos zonas a la sombra cada uno donde pudo. Creo que este sería un aspecto a mejorar para otras salidas: tener previsto un lugar amplio y adecuado para comer en grupo. A pesar de ello dimos cuenta de nuestras viandas, las compartimos, especialmente las botas de vino y los sabrosos postres que muchos compañer@s habían preparado con esmero.
Antes de partir para Zaragoza, sacamos nuestra vena de niños y en un momento preparamos un juego, mezcla de bolos y petanca, con un tronco y piedras redondeadas (homolagadas) y disfrutamos un rato de lo lindo.


Al poco rato salimos para Zaragoza, haciendo una parada en Almudévar, donde visitamos el nevero que hay en la parte alta del pueblo, al que se accede desde una le las innumerables bodegas que allí existen. También vimos la ermita de la Virgen de la Corona y el museo del vino que se encuentra justo en los sótanos de la ermita.


En fin, pudimos disfrutar de un día precioso de convivencia entre todos, de contacto con la naturaleza en un entorno privilegiado dentro del parque natural de la Sierra y cañones de Guara. Un buen final para acabar la temporada de senderismo.


miércoles, 18 de febrero de 2015

A VAREAR LA OLIVA

“A varear la oliva”

            Estas líneas quieren ser un homenaje a tantos hombres y mujeres de nuestro pueblo que durante días se dedicaban, y todavía se dedican, a una tarea dura y a veces difícil por las inclemencias del tiempo, como es la recogida de la oliva.

En Malón en los años 60 , eran muy pocos los que se podían librar de esa faena. Solamente aquellos pocos hacendados que podían llevar peones o los poquísimos que no dependían de la agricultura y se dedicaban a otra actividad Lo normal era que todas las familias se afanasen llegado diciembre a la recolección de la oliva.

Todos echábamos una mano, los chicos y mujeres por delante recogiendo las del suelo, los hombres adultos, después de “amantar”, sacudían con los palos a las mantas de tela y lona. Se utilizaba una escalera-banco para llegar a las copas, no creo que ya quede ninguno. A mediodía, ese gran momento del día: la comida. A veces la madre la traía caliente y recién hecha de casa, muchas veces en un cesto colocado de forma elegante en la cabeza. Eran momentos de gran comunicación entre grandes y chicos, los mayores nos hacían partícipes de muchas de sus historias, formas de entender la vida y todo eso. Era una forma de transmitirnos su cultura .


 Al acabar la tarde había que “ablentar” y para eso estaba la mano maestra del padre o el abuelo. Primero, con el cigarro de “cuarterón” echaba el humo para saber por donde venía el aire; luego, poco a poco, con la pala iba limpiando las olivas y las dejaba prestas para, en sacos, llevarlas al trujal.

Otra característica de esta actividad y que en algunos casos perdura, era que nos juntábamos un grupo grande formado por varias familias para poder afrontar de  forma más cómoda y efectiva el trabajo.

Hay que tener en cuenta que en Malón había en aquella época una superficie cuatro o cinco veces superior a la actual dedicada al olivar. Yo conocí tres trujales funcionando: el de la “Aceiterana”, el de Pérez Domeco y el de la Cooperativa Agrícola de S. Vicente. Esto os puede dar una idea, a los que no lo vivistéis, de cual era la importancia que tenía la oliva en Malón hasta finales de los 60.

Luego, por razones diversas y muy injustas, el aceite de oliva sufrió un desprestigio descabellado. Se llegó a decir sandeces de tal calibre, como que no era bueno para la salud u otras afirmaciones malintencionadas que hicieron que los aceites de semillas (soja, girasol, etc) desplazasen a un segundo plano al aceite de oliva, que desde tiempos inmemoriales había sido considerado un líquido casi sagrado. Más de uno hizo su agosto y en Malón desaparecieron la mayoría de los olivares y como es lógico también los trujales.

La faena, que comenzaba a finales de noviembre, se iba acabando poco a poco, aunque algunos la prolongaban hasta las vísperas de S. Vicente, pero lo normal era que a final de año ya no quedase mucho por coger. Así los chicos y chicas aprovechábamos algunos días sin escuela, por Navidad, para hacer otra faena a veces divertida y otras arriesgada, como era la de “rebuscar”.

Hay una historia muy divertida de un día de “rebusque” en la que participamos chicos y chicas desde los nueve a los quince años y que se acabó con tres del grupo atrapados por el guarda de Barillas. Después de toda una jornada sin rascar bola, al final de la tarde  nos fuimos juntando un grupo grande y acabamos en un olivar del conde de Barillas que estaba virgen. Los más atrevidos se lanzaron a completar la talega. Y entonces apareció el guarda y pilló a varios. Creo recordar que fueron Angelita Royo, Nati Ullate y Fermin Gil, aunque no estoy muy seguro. Les requisaron las olivas y el aceite para la lamparilla de San Miguel. Los demás salimos por piernas. El otro día lo recordaba con mi amigo Emilio, que lo cuenta con todo detalle, y nos reímos un rato. 

Las olivas que rebuscábamos nos las pagaban a duro el kilo,  y yo recuerdo que aquel día pesaría unos cinco quilos. ¡Menudo jornal!

Todas estas cosas y muchas más se me pasaron por la cabeza, dándole al palo entre olivo y olivo, un día de diciembre de hace unos años.  


lunes, 6 de octubre de 2014

Desde el cabezo Muñegre: JUEVES LARDERO

Hace mucho que no he subido al cabezo de Muñegre y esta es una oportunidad única para volver a hacerlo. Desde esta privilegiada vista que intento que sea mi blog, podré mostrar todo lo que vea en cada momento.

Para empezar un viaje a la infancia, a mi primera infancia, cuando veía el cabezo como algo inmenso y enorme; misterioso e inexpugnable. Subir hasta la cima era algo más que un reto, un deseo intenso que un día se hizo realidad.

JUEVES LARDERO

Aquella noche casi no pude pegar ojo, me desperté infinidad de veces. Al día siguiente era Jueves Lardero y para mí iba a ser un gran día, mejor dicho, una gran tarde.

Por fin iba a subir a comerme el chorizo hasta la cima del cabezo Muñegre. Los chicos mayores nos habían hablado de aquello infinidad de veces, pero claro, no nos dejaban. Éramos aún pequeños, de la escuela “de abajo”, la de D. Alfonso. Todavía no habíamos hecho la 1ª Comunión.
Pero todo había cambiado, este año sí. Ya habíamos hecho la Comunión, en mayo del año anterior; nos habían subido a la escuela de “arriba”, a la de D. Basilio y estábamos deseando que llegara el gran día.

Y por fin llegó. Por la mañana clase normal y por la tarde a comernos el chorizo a Muñegre. Un buen trozo de pan y un “palmo” de chorizo de la matanza de ese año, que aunque estaba un poco tierno, ya se podía comer. “A las tres en la Correa”, era la consigna.

Un cuarto de hora antes ya estábamos allí los “nuevos”, esperando a los más mayores. Poco a poco fueron llegando. En el grupo había algún hermano, primo o vecino de los que éramos novatos y eso nos hizo sentirnos más seguros, a pesar de que alguno tenía ya doce o trece años.

Echamos a andar y lo primero pasamos por “las Cruces”. Allí estaban ya los más pequeños  y las chicas jugueteando en diversos grupos. Era su celebración del “día del Chorizo”. Pero nosotros no, nosotros ya nos íbamos al cabezo. Más de un pequeño se nos quedó mirando con cara de envidia y hasta nos siguieron un tramo.

Seguimos el camino hasta “el Partidero”. Hasta allí lo conocíamos, pues nos habíamos acercado el año anterior, pero de allí en adelante todo era nuevo. El camino se empezó a empinar y los mayores para hacerlo más difícil se salieron del camino y nos llevaron campo a través.

Al principio bien, todo fácil, pero la cosa se complicó, un acequia bastante grande se interpuso en nuestro camino. A mí me pareció más grande que el Queiles. Pero de pronto uno de los mayores cogió carrerilla, pegó un saltó y al otro lado. Le siguieron todos y nos dejaron a los “peques” a este lado, con un palmo de narices. Se dieron la vuelta para mirarnos y decirnos palabras que eran más de burla que de ánimo. No había tiempo que perder y el más ágil y decidido de los nuestros dijo aquello de “adelante mis valientes” y se lanzó al otro lado con éxito. Los demás le seguimos. Yo creo que saqué fuerzas de flaqueza y me acordé de los chicos que había en las Cruces y me dije “ahora o nunca” y conseguí saltar aquella maldita acequia.

Los mayores ya se nos escapaban, así que tuvimos que hacer un esfuerzo para pillarlos. Algunos nos esperaron a medio cabezo, en las dos grandes peñas de pedernal que allí había y que se divisaban desde el pueblo. Era parada obligada. Allí pudimos descansar y los más mayores echarse el primer cigarrillo. Nosotros con la boca abierta viendo el panorama, observando a nuestros compañeros y contemplando la vista que desde allí había del pueblo, que se veía de forma totalmente diferente a como estábamos acostumbrados.

A partir de allí la pendiente se empinaba y los más fuertes aceleraban el paso para coronar los primeros, sin saber que algún espabilado se había escapado, sin pararse en las peñas para ser el primero. Ya no hablábamos tanto entre nosotros, pues el esfuerzo de los últimos metros era grande y más de una vez tuvimos que ayudarnos agarrándonos en alguna mata de tomillo o romero que cubrían toda la subida.

Al fin, llegamos. Y lo primero fue darnos la vuelta, ver el pueblo, las Cruces, los pueblos de alrededor, el majestuoso Moncayo… 



Pero aquello no acababa allí, teníamos ante nosotros una extensa planicie en la cima del cabezo repleta de piedras  y por la que seguían andando nuestros compañeros más mayores. Yo creía que había llegado el gran momento de la merienda, pero no, había que seguir. Decían que al otro lado había una cabaña y que allí “caería el chorizo”.

Enseguida empezamos a descender hacía el otro lado del cabezo. El panorama era totalmente diferente: pequeñas fincas abancaladas y cultivadas de trigo o cebada que empezaban a verdear. La pendiente de este lado era menos pronunciada.

Pronto llegamos a la cabaña, pequeña, pero bien conservada y ya ocupada por varios de los mayores que daban buena cuenta de la merienda. Nos acomodamos alrededor, en la parte exterior, no preguntamos a nadie y comenzamos a comernos aquel merecido chorizo, que ese año nos supo “a teta”.

Lo que allí se decía  y se contaba eran conversaciones de “mayores”, que por supuesto y sin que nadie nos lo dijera, no tenían que salir de nuestra boca. A más de uno nos ofrecieron nuestro primer cigarrillo de “bisonte” o “tres carabelas”, que ávidamente compartimos entre varios y que casi nos dejó mareados.

La vuelta fue más rápida. Una vez de nuevo en la cima, enseguida bajamos la ladera principal, pasamos entre las dos peñas y llegamos a la acequia. Ahora ya la conocíamos y aunque era un obstáculo, no lo era insalvable. Antes de anochecer ya estábamos en las Cruces y de vuelta a casa.

Nuestra entrada al pueblo tuvo para mí un aspecto diferente al de años anteriores. Me había hecho mayor.

José Mari Sánchez , (Día de Jueves Lardero)