“A
varear la oliva”
Estas líneas quieren ser un homenaje a tantos hombres y mujeres de nuestro
pueblo que durante días se dedicaban, y todavía se dedican, a una tarea
dura y a veces difícil por las inclemencias del tiempo, como es la recogida de
la oliva.
En Malón en los años 60 , eran muy pocos
los que se podían librar de esa faena. Solamente aquellos pocos hacendados que podían llevar peones o los
poquísimos que no dependían de la agricultura y se dedicaban a otra actividad
Lo normal era que todas las familias se afanasen llegado diciembre a la
recolección de la oliva.
Todos echábamos una mano, los chicos y
mujeres por delante recogiendo las del suelo, los hombres adultos, después de
“amantar”, sacudían con los palos a las mantas de tela y lona. Se utilizaba una
escalera-banco para llegar a las copas, no creo que ya quede ninguno. A
mediodía, ese gran momento del día: la comida. A veces la madre la traía
caliente y recién hecha de casa, muchas veces en un cesto colocado de forma
elegante en la cabeza. Eran momentos de gran comunicación entre grandes y
chicos, los mayores nos hacían partícipes de muchas de sus historias, formas de
entender la vida y todo eso. Era una forma de transmitirnos su cultura .
Al acabar la tarde había que
“ablentar” y para eso estaba la mano maestra del padre o el abuelo. Primero,
con el cigarro de “cuarterón” echaba el humo para saber por donde venía el
aire; luego, poco a poco, con la pala iba limpiando las olivas y las dejaba
prestas para, en sacos, llevarlas al trujal.
Otra característica de esta actividad y
que en algunos casos perdura, era que nos juntábamos un grupo grande formado
por varias familias para poder afrontar de forma más cómoda y efectiva el
trabajo.
Hay que tener en cuenta que en Malón
había en aquella época una superficie cuatro o cinco veces superior a la actual
dedicada al olivar. Yo conocí tres trujales funcionando: el de la “Aceiterana”,
el de Pérez Domeco y el de la Cooperativa Agrícola de S. Vicente. Esto os puede
dar una idea, a los que no lo vivistéis, de cual era la importancia que tenía
la oliva en Malón hasta finales de los 60.
Luego, por razones diversas y muy
injustas, el aceite de oliva sufrió un desprestigio descabellado. Se llegó a
decir sandeces de tal calibre, como que no era bueno para la salud u otras
afirmaciones malintencionadas que hicieron que los aceites de semillas (soja,
girasol, etc) desplazasen a un segundo plano al aceite de oliva, que desde
tiempos inmemoriales había sido considerado un líquido casi sagrado. Más de uno
hizo su agosto y en Malón desaparecieron la mayoría de los olivares y como es
lógico también los trujales.
La faena, que comenzaba a finales de noviembre, se iba acabando poco a poco, aunque algunos la prolongaban hasta las vísperas de S. Vicente, pero lo normal era que
a final de año ya no quedase mucho por coger. Así los chicos y chicas
aprovechábamos algunos días sin escuela, por Navidad, para hacer otra faena a veces divertida
y otras arriesgada, como era la de “rebuscar”.
Hay una historia muy divertida de un día
de “rebusque” en la que participamos chicos y chicas desde los nueve a los
quince años y que se acabó con tres del grupo atrapados por el guarda de
Barillas. Después de toda una jornada sin rascar bola, al final de la tarde nos fuimos juntando un grupo grande y acabamos en un olivar del conde de Barillas que estaba virgen. Los más atrevidos se lanzaron a completar la talega. Y entonces apareció el guarda y pilló a varios. Creo recordar que fueron Angelita Royo, Nati Ullate y Fermin Gil, aunque no estoy muy seguro. Les requisaron las olivas y el aceite para la lamparilla de San Miguel. Los demás salimos por piernas. El otro día lo recordaba con mi amigo
Emilio, que lo cuenta con todo detalle, y nos reímos un rato.
Las olivas que rebuscábamos nos las pagaban a duro el kilo, y yo recuerdo que aquel día pesaría unos cinco quilos. ¡Menudo jornal!
Las olivas que rebuscábamos nos las pagaban a duro el kilo, y yo recuerdo que aquel día pesaría unos cinco quilos. ¡Menudo jornal!
Todas estas cosas y muchas más se me
pasaron por la cabeza, dándole al palo entre olivo y olivo, un día de diciembre de hace unos años.

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